Abundan los estudios científicos que reconocen en la meditación ciertos beneficios terapéuticos. En concreto, algunas técnicas muy extendidas, como el mindfulness, parecen conseguir rebajar determinados trastornos tales como el dolor crónico, la depresión, la ansiedad, algunos problemas alimentarios, adicciones, etc. Sin embargo, se da la paradoja de que para que la meditación funcione a pleno rendimiento, requiere de la disciplina, la atención y la calma del practicante y, desafortunadamente, los propios malestares que se busca aliviar pueden obstaculizar dichos requisitos. Se entra así en un círculo vicioso complicado de romper: quien tiene dolor, depresión o ansiedad, por ejemplo, difícilmente encontrará la paz interior, el sosiego y la concentración adecuadas para meditar.
Pues bien, los codirectores del SEMA Lab o Laboratorio para la Conciencia Plena Mejorada por Sonicación–perteneciente a la Universidad…