Una de las características de la crisis civilizatoria, de le que me he ocupado varias veces en las páginas de Proceso, es la ausencia de futuro. Las instituciones, que a raíz del pensamiento ilustrado, la revolución industrial y la revolución francesa, moldearon la vida social y política del mundo moderno, colapsaron. Abducidos por procesos cada vez más sistémicos, amenazados por la pandemia y el cambio climático, cercados por grupos criminales cada vez más violentos, habitamos, decía Jean Robert, “un encierro sin ventanas, sin exterior, sin alteridad, sin más allá”, una franja ambigua y angustiosa.
Ante esa ausencia de futuro, la tentación es volver a lo conocido, colonizar el vacío, como lo haría un exiliado frente a la extrañeza de un mundo distinto, con objetos que rescató de su pasado (una…