Siempre me sedujo Ciudad de México. Me impresionó la primera vez que la vi desde el avión que me traía de Europa. Tras la ventanilla apareció una planimetría de centelleos amarillos, blancos y rojos que se extendía sin interrupción hasta el infinito.
La capital mexicana parecía una materia líquida y cegadora con vida propia que se movía, vibraba y cambiaba de aspecto a cada minuto. Más de 20 millones de personas vivían, morían, bebían, comían, bailaban, conducían, copulaban, reían y lloraban, odiaban y amaban a la vez en esa malla infinita de bombillas bajo mis pies. La ciudad, como un ascua de luz, extendía su feria de lentejuelas hasta donde alcanzaba la vista.
Ciudad de México –CDMX, su nuevo acrónimo, en lugar de DFme sigue impactando todavía hoy cada vez…