Según la magnífica biografía de Stefan Zweig, la última reina de Francia era más de bailar que de estar sentada, pero su afición por jugar a las cartas en reuniones privadas con su círculo más cercano nos hace pensar que sus reales posaderas descansarían, también, en algún momento. Y no en cualquier sitio, ni de cualquier manera, eso seguro. Caprichosa hasta el extremo (o, como dirían ahora, disfrutona) la reina disponía de varios palacios entrelos que elegir pasar su tiempo, cada uno con su correspondiente mobiliario y decoración supervisada, cómo no, por ella misma. Tras la revolución, todo fue destruido o subastado, por eso, es casi milagroso que esta silla (su pareja está en el Louvre) que se encontraba en el desaparecido Château de Saint-Cloud, haya sobrevivido. Diseñada en 1785…
