El hallazgo hecho en 1887 de 379 tablillas de arcilla1, pertenecientes a los faraones Amenhotep III (Amenofis) y a su hijo, Amenofis IV (Akhenatón) en el yacimiento de Tell El Amarna (Serrano Delgado, 1993); así como el Gran y el Pequeño Himno a Atón2 de la tumba del visir Ay, e incluso las estatuas descubiertas por Henri Chevrier (1925) en Karnak, hicieron evidente la existencia de lo que fue, según algunos investigadores, un heroico faraón reformador, líder de una revolución religiosa e intelectual en el Egipto de los faraones (Pirenne, 2002). Desde entonces su figura histórica ha sido vinculada, con razón o sin ella, con el monoteísmo hebreo y con su líder, Moisés. De hecho, hasta se ha manejado como posibilidad que los seguidores de Atón fueran los emigrados religiosos…
