Se nos han ido dos figuras cimeras de la fama de verdad. Un día, María Teresa Campos, que era un desacato con los tacones puestos. Y otro día, María Jiménez, que era un ángel salvaje de las rebeldías de escenario, y de las otras, las del arte difícil de vivir. Se ha dicho mucho, y bueno, de ambas. Yo creo que, con ellas, merma seriamente el elenco de las grandiosas del folclore español, entendiendo folclore sin ningún gramo de ironía, porque el folclore es lo popular mejor, lo callejero que perdura. Hubo un tiempo en que la gente no veía la tele sino que veía a la Campos, porque ella tuvo algo de heroína barrial, de contestataria de mesa camilla. María Jiménez fue un feminismo de volantes, y aupó la…
