La hija de Carmen Thyssen, también Carmen de nombre, ha resultado una criatura esbelta y delicada, rubia como el oro de mayo, que ya se está empleando en las labores museales o culturales de la empresa familiar. Le gusta el arte, la lectura y siente propia la causa climática. De manera que estamos ante una chica próspera, y acaso progre, de la nueva generación que no anda en la jarana del tatuaje y el olimpismo de Instagram. Ha resultado distinta. Enfrente, pudiera quedarnos Victoria Federica, que es la chica sensación, la chavala photocall, algo así como una aristócrata sin mucha aristocracia, que ha visto en la fiesta un domicilio laboral y en el exhibicionismo de redes un spot para sostener el caché serio de ser “ella y sus vestuarios”, igual…
