Para la mayoría esta palabra mágica es sinónimo de vistosos paquetes con lazos de colores, luces y espumillón, bolas de cristal esmaltado, niños, villancicos, cabalgatas, cotillones y esa especie de alegría tonta que, desgraciadamente, desaparece en cuanto el nuevo año empieza a subir la cuesta de enero. Para mí, sin embargo, Navidad es sinónimo de comida, y, cuando digo comida, digo MUCHA COMIDA. Demasiada. Gracias a Dios –ese Dios cuyo nacimiento celebramos en Navidad–, mis abuelas fueron dos de las mejores cocineras que yo he conocido nunca. Bueno, me corrijo, no quiero piques familiares: mi madre es una de las mejores cocineras que he conocido nunca… Pero volvamos a la Navidad, il Natale... Para nosotros, los Caprile, todo un clan lleno de primos, padrinos, tíos, primos segundos, tíos segundos y…
