Hace mucho tiempo, en un elegante barrio de Brentwood, California, un chico regordete y con gafas estaba en su habitación. Era un espacio amplio para lo habitual, con grandes ventanas y vigas a la vista, lleno hasta el techo con todo tipo de cosas de sus muchos intereses, cada uno con un lugar designado.
Había estanterías de libros sobre magia y diseño de películas ordenados metódicamente, una colección de álbumes de bandas sonoras, pilas de revistas con títulos como Famous Monsters, Super-8 Filmmaker, Cinemagic. Figurillas, juegos de mesa, parafernalia de Star Wars. Una parte de su armario era la zona de magia, donde guardaba sus trucos de prestidigitación. La otra parte era la zona de efectos especiales: maquillaje, prótesis fabricadas por él y otros instrumentos de ilusión cinemática [por aquel…