Feo, gordo, con gafas, tristón… el agente Smiley nació como contrapunto al refinado James Bond, creado por Ian Fleming, cuyo glamour radica en que, además de desenmascarar dobles agentes o desvelar los apocalípticos planes del enemigo, saborea cócteles, seduce a bellezones y realiza acrobacias dignas de un actor del Circo del Sol. Smiley, como Bond, también trabajaba para el Servicio de Inteligencia británico, pero ahí acaba cualquier parecido. Al lado del fulgurante Bond, Smiley es un individuo gris, con aspecto de oficinista mediocre. Camina de manera torpe y sosegada, como apaleado por la vida: tiene una esposa, lady Ann Sercomb, que lo menosprecia, una vida laboral sin reconocimiento, unas aspiraciones literarias que nunca se verían cumplidas. Pero las apariencias engañan: tras este aspecto anodino se oculta una personalidad brillante. Posee…