Antonio Flores (Madrid, 1961-1995) es un hombre de portada. Lo fue y lo será. Y no lo digo yo porque, como dijo él, “nada más salir por la vagina de mi madre ya me hicieron una foto”, sino porque Antonio, por sí mismo, es talento, es música, es carisma, es genio y rebeldía; es blues y rumba, reggae, flamenco y confesión; poesía, belleza, nostalgia y noche; es rock y desenfreno, ternura, empeño, mucho empeño. El que le echó a la vida para hacerse un hueco en la historia a pesar del apellido.
Porque el que piense que llamarse Flores fue para él una bendición, que sepa que no lo fue tanto, ni tampoco siempre. Con 19 años, en una de esas fiestas familiares donde la gran Lola y el Pescaílla…
