En Playa Diamante, Acapulco, ese largo territorio que va de Playa Revolcadero a Barra Vieja —unos seis kilómetros—, cada mañana muy temprano, desde el 20 diciembre hasta el 3 de enero, un ejército de elementos de seguridad privada, impecables en sus uniformes blancos, rojos, verdes, dependiendo del condominio al que sirven, se desplegaba en la playa para comenzar a poner tubos, palos y cuerdas estratégicamente ubicados sobre la arena.
Unos días antes, frente a muchas de esas torres de departamentos construidas en los últimos 20 años, maquinaria pesada movía la arena para formar estrechas plataformas contiguas a los edificios donde se instalarían las palapas que administrarían los condominios. Estas plataformas serían también rodeadas por tubos y cuerdas.
No era cualquier cosa este despliegue. El éxito está en los detalles. Uno…
