Cuando el término “influencer” empezó a sonar hace unos años, gente de los medios tradicionales –escritores, supongo que se les puede llamar– se burlaron, aunque secretamente sentían envidia por esta nueva forma para ganarse la vida. Éstas eran personas que de la nada empezaron a tener presencia en las redes sociales. Sabían cómo vestirse, dónde comer, y podían hacer ejercicios de Crossfit como bestias. Tomaban fotos de sus interminables viajes a la playa, o de sus bebés, o de sus bebés en la playa. Tenían seguidores –miles de seguidores– porque la gente tiene una debilidad por la vida aspiracional. Algunos de ellos son verdaderos modelos/chefs/diseñadores en la vida real, pero otros, parecería, adquirieron fama online sólo con la ayuda de un esposo de Instagram y dominando el flat lay. El…
