Un icono tiene ese raro poder de conectar emocionalmente y marcar la estela de toda una era. De hecho, muchos de ellos, los de verdad, desafían las normas establecidas y rompen esquemas de belleza, de género, de poder…, y se transforman en nuevos modelos para narrar la historia de un tiempo, de bucear en el mundo en lugar de simplemente estar. Y es que un icono en el siglo XXI representa valores, ideas o luchas, tienen voz y visibilidad, y a diferencia del pasado, son humanos, imperfectos, complejos: referencias cercanas y auténticas capaces de influir en conversaciones globales, y convertirse en un símbolo cultural y social con un impacto profundo, duradero y real.
Definitivamente, ser un icono implica no sólo ser visto sino, sobre todo, ser sentido. Convertirse en un…
