Henri de Toulouse-Lautrec no pudo venir al mundo bajo mejores auspicios. Era hijo primogénito, varón, guapo, mimado por sus padres, que pertenecían a la aristocracia de mayor abolengo de Francia. Sin embargo, bajo esa brillante fachada la realidad era menos risueña.
Su padre, el conde Alphonse Charles de Toulouse-Lautrec-Montfa, era un hombre excéntrico, amante de la caza y de los cometas, que no se entendía con la madre, Adèle Zoë Tapié de Céleyran, una católica muy puritana. Tras la muerte del hermano menor de Henri, Richard, antes de cumplir un año, Alphonse abandonó a la familia. Aunque Henri no perdió el contacto con su progenitor, desde entonces y hasta su muerte quedó profundamente vinculado a su madre.
Cuando tenía diez años comenzaron sus primeros problemas físicos. Nadie lo sabía, pero…
