Un hombre se yergue, de espaldas, sobre un promontorio rocoso. Ha alcanzado una cumbre, pero no la más alta de todas. Frente a él se elevan nuevas cimas inalcanzables, majestuosas, un abismo de áspera verticalidad, suavizada apenas por una niebla inquieta. El cielo, inmenso, es el único contrapunto de serenidad. Las nubes, indiferentes, flotan sobre su prima, la niebla. El protagonista de la escena es el excursionista que la contempla. Os curo y firme como las rocas, se halla, sin embargo, en un precario equilibrio. Su atuendo y su bastón lo delatan como un caballero, probablemente un turista. No vemos sus ojos, pero le vemos mirar. ¿Se siente sobrecogido por el paisaje? ¿Inspirado, tal vez? Le acompañamos en sus meditaciones, contemplamos el mismo panorama espectacular que él y, sin embargo,…
