Tengo una amiga que se queja del estrés. Dice que vamos rebotando por la ciudad, como bolas de billar, haciendo carambolas para poder cumplir con todas nuestras obligaciones. Las enumera con los dedos de las dos manos: los niños, el trabajo, los amigos, los médicos, las multas de tráfico, los colegios… y entonces se para. Me agarra muy fuerte del brazo y grita: “¡Yo solo quiero sentarme en un banco!”.
El banco al que se refiere está en Zahara de los Atunes. Justo antes de la arena. Allí pasó su juventud comiendo pipas con los amigos, cantando al caer la tarde con una guitarra, besando a sus amores de verano, dejando marchar las horas, respirando el viento de levante. Me cuenta que su madre solía sentarse en ese banco, de…