La tarde del 29 de junio de 1892, la tranquila localidad argentina de Quequén, (sur de la provincia de Buenos Aires), se vio repentinamente conmocionada por un bárbaro crimen. En una modesta vivienda rural, los cadáveres de dos niños —Ponciano, de seis años, y Felisa, de cuatro—yacían sobre el rústico suelo dibujando un escenario aterrador. A su lado, inconsciente y con un corte superficial en el cuello, se hallaba su madre, Francisca Rojas, de 27 años.
Al recobrar el conocimiento, Francisca señaló a un vecino, Ramón Velázquez, como el autor del horrendo crimen. Según su testimonio, el hombre habría intentado abusar de ella y, al no conseguirlo, la agredió con una pala antes de asesinar a sus hijos. Esta inquietante declaración fue inicialmente aceptada sin excesivos reparos por las autoridades…
