Hay algo en la moto que escapa a las palabras. Quien no la ha vivido, difícilmente lo entienda. No se trata solo del motor, del diseño o de la técnica. Es una sensación que empieza en el cuerpo, pero llega mucho más lejos: la de escapar, aunque sea por un rato, del ruido del mundo, del reloj y de las urgencias ajenas.
La moto no solo te lleva, te transforma. Exige presencia total. Te obliga a leer el asfalto, a escuchar el viento, a entender el equilibrio con precisión. No hay distracciones posibles. En ese momento, todo lo que no importa, desaparece. Y eso, en estos tiempos, vale mucho más de lo que nos imaginamos Lo curioso es que esa experiencia tan personal no aísla, al contrario, genera un vínculo…