La revolución lleva siempre adherida a su idea un componente de tempestad, un tornado que barre con todo para ofrecer un nuevo comienzo, mejor o peor, pero nuevo, libre de tropiezos, de antiguos conceptos, hábitos, creencias, imposiciones propias o ajenas, injusticias, justicias, venenos, caminos, reglas, mundos al fin y al cabo, colectivos muchas veces e íntimos muchas más. La condición de ruptura radical e inmediata con un antes de quien no hace prisioneros y la promesa o amenaza de un después al que acompaña, en ocasiones, la certeza de una luz resplandeciente y la honda oscuridad en otras. Y pasa, como con todas las certezas que no resisten un tornado, que esa luz puede prender e iluminarnos, o nos puede acabar abrasando; o que en la oscuridad nos perdamos para…