Alma Mahler nació un 31 de agosto de 1879 en aquella Viena, incontestable capital cultural de Europa y de un Imperio, el austro-húngaro, que vivía el esplendor de su decadencia. Idolatraba a su padre, Emil Schindler, un reconocido pintor paisajista. Su muerte temprana, cuando ella apenas contaba trece años, la marcaría para el resto de su vida. Ya adolescente, Alma frecuenta los círculos de la Sezession, la nueva tendencia artística, coquetea con Gustav Klimt, lee a Nietzsche y hace de su voluntad de poder un emblema personal. Bella, libérrima y temperamental, a los veinte años es una diva cuya presencia en los salones se califica como una aparición –“una manifestación sobrenatural”, escribe Hauptmann–. Para entonces ya ha seducido al compositor Zemlinsky, al arquitecto Olbrich, subyuga al mismo Thomas Mann.
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