Hay libros que releemos, no tanto para reencontrarnos con el autor que los escribió, como para reencontrarnos con el lector que una vez fuimos. Son libros que durante los años de nuestra primera madurez pudimos llegar a despreciar, por considerarlos ingenuos, aunque, con el tiempo, empezamos a sospechar que esa ingenuidad era algo que deberíamos haber mantenido, y que ahora deberíamos tratar de recuperar. Cuando Borges dijo, con felicidad, que estaba más orgulloso de las páginas que había leído que de las que había escrito, se refería, sin duda, a ese lector, infantil o juvenil, al que trató de ser leal toda su vida. Por eso, nunca tuvo problemas en decir que sus autores de cabecera eran Wells, Poe, Stevenson o Twain. Por su parte, Julio Cortázar siempre le fue…
