Si hay algo que llevo persiguiendo hace unos años es la simplicidad. Ésta, entendida en su más llana expresión: sencillez, sin complicaciones. Es una actitud que, por consecuencia, puede verse materializada en cómo vivimos, de qué y de quiénes nos rodeamos, y qué elecciones hacemos.
A las mujeres, en general, nos gusta complicarnos. No digo que todas seamos complicadas ni me refiero a que todas somos difíciles, más bien, creo que la mayoría de las veces, cuando debemos tomar una decisión importante, consideramos tantísimos aspectos y variables que, incluso, creamos futuros escenarios -muchos de ellos aterradores, pues van cargados de nuestros más profundos miedos- que en ocasiones terminan por desalentarnos, y dejamos de escuchar a nuestra intuición: eso que ya sabíamos que teníamos que hacer desde un principio. La realidad…
