Paisajes lunares, aguas de un turquesa fosforescente, chiringuitos entre las dunas, agujeros en el suelo que te engullen, higueras sostenidas por rodrigones, bosques, mercadillos, hippies reciclados…
«Allí empezaba y terminaba el mundo. Y nuestras vidas. Todo y nada sabíamos colgados entre el blanco y el azul silenciosos. Como erizo, o conejo, o gaviota, como un animal más, el hombre se asomaba, purificado, mudo, al principio y al final de los tiempos, al Abismo». Este fragmento del poema Cabo de Berbería, de Antonio Colinas, contiene la esencia de la enorme y singular contradicción que define a Formentera: una isla minúscula que, sin embargo, alberga vastas inmensidades. Quien pretenda desentrañar la raíz de sus cualidades oníricas en un fugaz fin de semana, ya puede desechar la idea. La isla de Formentera requiere…