Si Eric Clapton no se suicidó, si no se mató cuando, con menos de 40 años, era ya un mito de la guitarra, uno de los mejores bluesmen del mundo, ‘Dios’, como lo había definido un grafiti anónimo en el metro de Londres, ‘Slowhand’, como lo bautizaron sus compatriotas, fue porque muerto no habría podido seguir bebiendo. El alcohol, por el que atravesó durante una década y media la etapa más oscura de su carrera, fue también, sí, lo que le salvó la vida. Sin él, y sin ese largo descenso a un infierno líquido, Eric Clapton (Ripley, Surrey, 1945) no sería el Eric Clapton cuya imagen perdura hoy. La del Clapton sereno, mayor, de imagen anodina. La del Clapton sabio. La del Clapton más aburrido, también. La de una…
