Nunca fui una gran nadadora. Con el tiempo aprendí a nadar, pero no sin dificultades y sin atreverme con el crol, pero, sobre todo, sin apartar la vista jamás de aquellos flotadores de poliestireno –burbujitas los llamábamos–, que, con su cinturón ajustable, me raspaban el costado. Cuando dejé atrás los años escolares y la obligatoriedad de la natación, terminé asumiendo que mi lugar se encontraba lejos del agua y también de la metáfora del flotador. Que mi lugar estaba en la orilla, bien resguardada, donde hiciera pie sin necesidad de asideros.
Al hilo de aquello a lo que nos agarramos, no sólo en el agua sino para atravesar la vida, cuenta la escritora Rosella Postorino que el título de su novela Me limitaba a amarte procede de un verso del…