Ya nos conocíamos, pero nunca lo había mirado de frente. Hace cinco años que comencé mi historia de amor con el flamenco, una noche de agosto en Ronda en la que el calor apretaba y el aire estaba quieto… Y llegó, como una tormenta eléctrica en mitad de una fiesta, de la mano de Hubertus, del Cigala, del Perla, del Farru y Farruquito, como un rayo que rasga el cielo -mi cielo-por la mitad.
Al flamenco hay que sentirlo, acercarse con el oído, con la vista, con el gusto a clavo y canela, con el perfume del azahar, con el tacto, porque el flamenco tiene el don de conmover hasta la piel. Rescata las letras populares, los cantes de las minas, de las bodas, y en un solo verso regala…