Están las abuelas de los pueblos, como las cigüeñas del campanario, nerviosas ante la llegada de los nietos, que vienen a pasar el verano a su nido.
El pobre abuelo pierde su condición de rey de la casa, a veces pierde hasta su sitio en la cama, y las flores, los guisos y los detalles bonitos, ahora se escogen pensando en los pequeños invasores del patio, el corral y el cobertizo donde se guardan los aperos de labranza.
Al caer la tarde, se reúnen las abuelas en la plaza, a la sombra del roble centenario, y pastorean a los niños recién bañados, peinados y vestidos de limpio, que juegan a las cuatro esquinas mientras llega la hora de cenar. Ellos han pasado el día poniendo en peligro sus vidas, lanzándose…