Nos han regalado un cachorro de Perdiguero de Burgos, de esos que tienen cara de Dios te ampare. Vivirá en el campo, que es donde más feliz será, husmeando por el monte y persiguiendo a los conejos, pero estos días de agosto, nos lo hemos traído con nosotros a la playa, para que se vaya habituando a la familia. Y da risa verlo, fuera de su hábitat natural, un poco despistado, intentando atrapar a las gaviotas que se ríen del pobre animal, y asustándose cada vez que una ola le moja las patas.
Confieso que también yo añoro el pasto verde de primavera, y el amarillo de verano que cuando lo mueve el viento, parece un mar. Pero es que a mí me pasa que no sé estar tranquila en…